Us vaig dir que dijous no vaig poder aconseguir la premsa escrita. A mi encara m'agrada llegir-la en paper. I ja sabia jo que aqueix dia alguna cosa bona em perdia. I si no, jutgeu per vosaltres mateixos.
Al diari LEVANTE-EMV anava un bon article de l'historiador David Garrido, Provincianismo y derrotismo. Aquest article el podeu llegir a continuació, és molt clar a l'hora d'explicar en quina situació ens trobem les valencianes i valencians de "profit".
I en cartes al director trobem que Raül Hernández, de València, escriu al presidente de la Generalitat i li diu unes quantes coses molt ben dites. Si jo fóra el president, m'ho faria pensar. No es pot ser president d'un País i fer les coses que aquest senyor fa. I si no, llegiu, llegiu, que el món s'acaba... La carta de Raül Hernández us la deixe a continuació. L'article de David Garrido el teniu si cliqueu "vull llegir la resta de l'article". Gràcies.
Carta al presidente de la Generalitat |
| El abajo firmante
(en respetuoso castellano, sin complejos pueblerinos sobre el
dialecto) seguro servidor de S.E., atentamente expone: que, falto
del más mínimo sentido de la mística, no entiendo cómo se puede uno
convertir en paladín y censor de una lengua que no habla ni legará a
sus hijos. Que, con poca sal en mi mollera, todavía no he entendido
la diferencia primordial y evidente entre catalán, valenciano y
mallorquín. Que, miserablemente inducido por los contubernios, me he
atrevido a pensar que quizá la escuela pública no debería quedar
relegada a barracones con funciones asistenciales mientras se
subvencionan escuelas integristas católicas. Que soy incapaz de ver
los fastuosos y apabullantes beneficios de la America´s Cup y de la
F1. Que no entiendo el sentido de levantar Marinasdor y pistas de
nieve artificial en los secanos si nos morimos de sed. Que mis poco
aguzados sentidos no saben distinguir a los sibilinos y malvados
agentes catalanes que nos invaden corroídos por la envidia. Que,
incluso, a veces he tenido la osadía de ver programas de TV3,
incluso los que parodian a nuestros amados líderes. Por todo ello, solicita tenga a bien retirarme el carnet de valencianía que ustedes expenden. Gracia que espera recibir de Vuestra Magnificencia.-Raül Hernández. Valencia. |
Provincianismo y derrotismo
DAVID GARRIDO
La provincia vuelve a estar de moda. Ese viejo lastre del
centralismo decimonónico que se niega a morir tomó nuevos bríos con el
llamado Estado de las Autonomías, que nunca las negó, y ahora vuelve a
reivindicarse por las víctimas de las pasadas elecciones como unidad
administrativa territorial de primer grado, por encima de la comarca
natural o la región histórica.
Está claro que el PP, o su antecesora
AP, nunca abogó por la comarcalización o estructura administrativa que
rompiese con la que fuese una imposición de Madrid de 1833 que hacía
añicos para siempre el antiguo Reino de Valencia. Ellos nunca se han
creído este país, ex reino, del cual abominan cuando pueden. No sé si
están en su derecho o no de hacerlo, pero a la vista está que buenos
réditos electorales les ha dado. Al menos hay quien se los cree,
muchos, y hasta de buena fe. Pero, perdónenme, ése no es el país que una
buena parte de valencianos deseamos aunque no lleguemos al 5%, soñamos
cuando militábamos en la resistencia antifranquista y, a pesar de los
tiempos que corren, aún creemos posible. Y no nos avergonzamos por ello,
que «la verdad es la verdad aunque sólo la mantenga una minoría», una
magnífica frase de Ghandi, el padre de la independencia india, que bien
nos anima a perseverar en ese valencianismo menospreciado por el
bipartidismo imperante.
Al PP, efectivamente, lo de las comarcas
se la trae bien floja. También se la trajo la autonomía en un primer
momento, aunque ahora nunca la negaría, que eso del autogobierno, si es
que todavía alguien se lo cree, sólo ha servido para largar pingües
prebendas, sinecuras y canonjías a los fieles, que así viven de la
cosa pública a la salud del amo. Vaya, de todos es sabido y hasta
consentido que las masas no se tiran a la calle para atajar
tamaño saqueo de las arcas públicas. Fíjate, que a sabiendas de ello hasta
vuelven a votarlos.
Sea como sea y siendo quizás la actitud más fácil
dejarse llevar por la política filibustera que nos devora -que ya lo dijo
Zaplana en sus inicios, «hay para todos»-, también existe el disidente a
esa forma de hacer las cosas que amenaza con dejarnos empeñados de por
vida y con un país, de Vinaròs al Pilar de la Foradada, vencido por
el asfalto, sin identidad y en manos de una clase política lega pero ávida
de la ganancia fácil.
Una parte de esos beneficios de meter el sablazo
en el erario público se lo llevan las diputaciones -vaya, no la
institución, sino sus inquilinos-, sobre todo presidente -alguno
hasta cobra más que el jefe de la Generalitat- y asesores, que buen fajo
de billetes se llevan por ejercer una función de dudosa utilidad. Ahora
bien, las diputaciones ahí están, que ni PP ni PSOE (lo de PSPV es una
broma) no se decidirán nunca a abolirlas, ¡faltaría más!
Hubo una
época, la de los soñadores unos, franquistas los otros, que se
idealizó un País Valenciano fiel a su historia, cultura y gentes. Era
cuando aquello, no hace mucho, de «llibertat, amnistia i Estatut
d´Autonomia» y los más audaces pintaban en las paredes «parlem valencià».
Nos creímos un país de verdad y nos dieron butifarra; vaya, le llamaron
Comunidad; quisimos vivir con normalidad en nuestra lengua ancestral y,
ahí lo tienen, hemos tenido dos presidentes de la Generalitat que no
sabían ni decir «bon dia». Creímos en las comarcas y hubo quien se hizo
eco, el extinto PSPV adoptó la estructura comarcal, que después
heredó el PSPV-PSOE, también los sindicatos y partidos de izquierda, pero
nunca la derechona autóctona, extraordinariamente españolista, que
volvió a sacralizar la provincia. Y así hasta hoy, que las desdichas
poselectorales han rescatado el organigrama provincial del desván de los
recuerdos en el PSOE regional, dispuesto a tirar por la ventana lo poco
que le queda de PSPV en su enésimo intento por ser más papista que el
papa, o más campsista que Camps si prefieren, o lo que es lo mismo,
convertirse en las formas en un calco del partido de Rajoy.
Ya puestos
y si la vencida, cautiva y desarmada dirección actual del PSPV-PSOE lo
postula así, tan provincianista que se ha puesto, que por deméritos
personales está donde está, no lo olviden, que no por creer en las
comarcas o lucir todavía las siglas PV, por qué no llegar más allá, que
los del PP encantados. Si este país, cuyas señas de identidad son su
lengua, cultura e historia propias, no existe, pues a «ofrendar nuevas
glorias a España» cada uno por su lado. ¡Vivan las provincias! Que se
constituyan en auténticas autonomías del café para todos, ¿por qué no? En
el norte, la Fabralandia de Castelló; en el centro, el reino estricto de
Camps y Rita, o sea, la Blaverolandia de las esquizofrenias lingüísticas,
derroche por doquier, mucho azul y pocas nueces.
Y en el sur, ¡ay el
sur! Al paso que llevamos pediremos la anexión formal al Reino Unido, que
de ingleses vamos bien sobrados. Además, entre el circo pijo de los
nietecitos del Juanca «el Campechano» y los líos de Charles y Camilla nos
quedamos con los segundos. Seguro que nadie nos echaría en falta, que
Alacant siempre ha sido a part, y hasta hablaríamos inglés por los codos y
gratis.
*Historiador.






En Montilla va muntar el segon tripartit als despatxos i molt abans de les eleccions: era qüestió de llençar a les escombraries el primer tripartit i de fer desaparèixer a en Maragall. Per què?. Això, ho podeu descobrir a la biografia que s'ha publicat de José Montilla i que ha escrit en Jordi Buch.